En mi lucha por dejar de fumar, alguna vez probé los
cigarrillos electrónicos. Por desgracia, compré uno de muy mala calidad
que duró poco, pero funcionó a la perfección durante un tiempo como
sustituto de los cigarrillos normales. Huelga decir que ya había
experimentado con chicles de nicotina, parches y algunos medicamentos,
pero ninguno funcionó.
Al final, dejé de fumar sólo con la fuerza de
voluntad, pero fue una lucha terrible y, aunque con algunas breves
recaídas, puedo considerarme ya un no-fumador.
Los cigarrillos electrónicos constan de una
batería, una resistencia y un depósito para líquido con nicotina. Así,
la batería se enciende, la resistencia se calienta y el líquido se
transforma en vapor que libera la nicotina al ser inhalado. Lo que el
usuario de un cigarrillo electrónico libera a la atmósfera cuando exhala
es sólo vapor de agua, que no afecta a nadie y lo que aspira tiene solo
nicotina y saborizantes, sin alquitranes ni sustancias cancerígenas.
Un reciente artículo publicado en The Lancet
ha concluido que el cigarrillo electrónico es tan eficaz como los
parches de nicotina para dejar de fumar, además de que brinda al
paciente una experiencia psicológica equiparable a fumar de verdad.
¿El problema? Que las poderosas compañías tabacaleras
han obligado a los gobiernos de E.U. y de la Unión Europea a clasificar
estos aparatos dentro de los instrumentos de uso médico, por lo que se
requiere una receta médica para adquirirlos, a diferencia del tabaco de
verdad, que puede comprarse sin restricciones en la tienda de la
esquina. Ilógico, ¿no?
Fuente: www.tecnoculto.com
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